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Masajes eróticos y sensuales en Madrid

Hola, corazón. Los cuerpos perfectos acostumbran a ser el resultado de la perfecta combinación de una genética privilegiada y un cuidado constante. La primera sólo hay que atribuirla a la suerte. El cuidado, al esfuerzo diario. Mis medidas corporales me acercan a una perfección que es, sí, hija de la genética, pero también de ese esfuerzo que siempre he procurado realizar para que mis amantes me encuentren siempre estupenda y atractiva, sensual y erótica. Y es que no hay nada que pueda compararse al gozo de entregar lo mejor de una misma a la persona con la que tienes la ocasión de disfrutar de esa maravilla que es el sexo. A mí me gusta entregarme así en todos mis encuentros. Arrebatadora y tierna, implicada y ardiente, absolutamente natural… así dicen mis amantes que soy. ¿Quieres ser uno de ellos? A mí me gustaría mucho que lo fueras. Por eso estoy esperando tu llamada. ¡Ah!, por cierto: me llamo Paula. Ése es el nombre que te llevarás pegado a tus labios como un rico elixir.

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Los relatos del día

Disfruta de estos 4 pequeños relatos eróticos:
Relatos aleatorios
1. Mónica pensaba en todo eso, quizá no era exactamente así, quizá su imaginación iba demasiado deprisa, pero le gustaba sentirse observada, ser el centro de atención… de hecho, le encantaba. Tenía un cuerpo bonito, atractivo para la gran mayoría de los hombres…y de no pocas mujeres. Bajo su minifalda se vislumbraban unos muslos bien bronceados, al igual que el resto de su piel (incluso la que no era visible), y que se veían tremendamente sensuales y deseables. El aspecto de sus piernas era inmejorable, y es que a pesar de ser una muchacha muy dinámica y que siempre andaba ocupada, siempre disponía de unos minutitos para cuidárselas, y sin vislumbrarse ningún rasguño ni irregularidad, su piel confería un aspecto fino y suave.

2. La joven salió de su habitación, fue al cuarto de baño, lavó su cara y sus manos resignada y triste, enfadada, y, aún en pijama, entró a tomar el desayuno a la cocina. Masticaba la comida con desgana, cuando, sorprendida, miró por la ventana al cielo, y vio que estaba exactamente igual que en su sueño. Azul, con un sol espléndido, y sin rastro de nubes. Al principio se sintió extrañada, pero luego no le dio importancia, ya que, al fin y al cabo, estaban a finales de Abril, y era lógico que, con la primavera, los días de buen tiempo fueran numerosos. A ella le gustaban esos días, pero odiaba trabajar con tanto calor. Cuando hubo tomado un café y algo de comer, bajó a la tienda, y se dispuso a sacar las macetas a la calle para que recibieran directamente los beneficiosos rayos del sol, y tuvieran así algo de la luz que Ángela necesitaba en su vida, pero que, atada a su timidez, nunca conseguiría.

3. Me pego a ti, trato de provocarte, me bajas los tirantes del vestido muy despacio, por mis brazos, luego lo dejas caer al suelo. Recuesto mi cabeza sobre tu hombro, acercas tus labios a los míos y nos besamos. Mis manos se adentran entre tu cuerpo y el mío y toco tu sexo erguido por encima de la tela, esta tieso, erecto. Lo acaricio con suavidad. Te deseo y sé que me deseas, pero nos detenemos en las caricias, en el juego de seducción que envuelve este momento. Tus manos recorren mis brazos hacia mis hombros y luego se acercan a mis senos. Los acaricias por encima del sujetador. Nuestros cuerpos se calientan mutuamente. Metes tus manos entre mi piel y el sujetador, pellizcas mis pezones y todo mi cuerpo se estremece. Entretanto he conseguido bajarte la cremallera del pantalón y he metido la mano dentro, pero tú la sacas con paciencia. Quieres alargar más el juego. Me inclinas sobre la baranda, haciendo que te muestre mi culo y lo acaricias por encima de las braguitas, luego las apartas y acaricias mi sexo, siento tus dedos hurgando en mis labios vaginales, se introducen en mí y un gemido escapa de mi garganta. La luna sigue atenta la escena. Empiezas a mover los dedos, dentro y fuera de mí, provocándome dulces gemidos de placer. Deseo más, mucho más, pero tú me torturas con esas caricias durante un largo espacio de tiempo, el suficiente para conseguir que me corra de placer.

4. Te saque la playera y tu piel se fundió a la mía, metí mis manos entre los dos y lentamente desabroche tu pantalón. Te fui desvistiendo hasta quedar desnudos los dos. Tu virilidad exhalaba calor y quemaba mi vientre a su contacto. Acomodamos el cobertor entre las flores y su olor, que ya empezaba a mezclarse con el tuyo y el mío. El aire suave y cálido acariciaba nuestra piel convirtiéndose en nuestro cómplice y creándonos mayores sensaciones.Enrede tu cuerpo al mío, al mismo tiempo que tus besos llenaban mi boca. Sentí tu lengua viajar por cada surco de mi piel. Tus manos tibias acariciaban lentamente mi espalda, mi cadera, mis nalgas, sobandolas, apretándolas y suavemente abriéndolas. Bajaste hasta mis pies y besaste cada uno de ellos, cada dedo, cada espacio.