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Mi apodo es Dana Adell, mujer polifacética, catalana mediterránea 100x100, ofrezco autenticidad por delante de todo. Me caracteriza una personalidad muy mía, ni mejor ni peor, sí distinta, marcando mi yo y esencia personal con unos valores que se interiorizan e exteriorizan a la vez, dejando así mostrar esta parte especial tan mía. Así soy Yo. Realizo encuentros esporádicos, puntuales con cita previa, pues compagino mi actividad como escort con mi ocupación y profesión de manera muy discreta y casual. En mi currículum personal, acredito mis trabajos en publicidad e imagen para distintas firmas. Por lo que la discreción es un valor esencial para mí. Terapeuta tántrica y masajista profesional, nuestros encuentros tendrán un valor añadido. A mi lado, sentirás siempre que estás en buenas manos. Conéctate a lo más profundo y comparte.

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Los relatos del día

Disfruta de estos 4 pequeños relatos eróticos:
Relatos aleatorios
1. Las canciones pasaban y al tenerla agarrada de la cintura, estando abrazados junto con otras parejas en el centro de la pista, empezamos a hablar un poco de todo, boludeces, pero los rostros muy cerca uno del otro ya que la musica sonaba bien fuerte. cada vez que acercabamos nuestros rostros sentía su aliento, excitante, tibio, y sus labios atrayentes cada vez mas cerca de los mios. Cada segundo que transcurría hacia que nuestros rostros se acercaran mas y más. Al mismo tiempo, el abrazo cambió y yo cada vez la acercaba más y me la acomodaba entre el nicho que formaban mis brazos y mis piernas. Ella parecia estar muy a gusto, en si no era raro el hecho de que seamos cariñosos entre nosotros, siempre fuimos muy afectusos el uno con el otro, Pero evidentemente para mi en ese momento las cosas estaban siendo algo distintas. Luego mientras bailabamos yo le acerque mi rostro y le pregunte: "La estas pasando bien agus?" a lo que ella respondió: "la estoy pasando muy bien ale, hace mucho que no la pasaba tan bien", la mire fijo y le dije: "sabes que te quiero mucho hermanita?" "si, y yo a vos hermanito", dijo ella.

2. Así que Mónica no llevaba ropa interior. No era algo inusual en ella, incluso antes de iniciar su relación con Marcos ya lo había probado en diversas ocasiones. Le gustaba sentirse liberada de esas pequeñas prendas, aunque también sabía usarlas con enorme conocimiento cuando la ocasión lo requería. Al levantarse aquella mañana de la cama, junto a su novio, Mónica se duchó y se dispuso a escoger la ropa que se pondría aquel día. Empezando con el morbo habitual entre ellos dos, le preguntó a Marcos, en un tono socarrón, que deseaba que se pusiera para vestirse. Él, acostumbrado ya a estas preguntas, le respondió desde el baño que no era necesario que se pusiera nada. Se refería a la ropa interior, por supuesto. Mónica, ni corta ni perezosa, le hizo caso, y se vistió tal como se encontraba en esos momentos en unos grandes almacenes.

3. Yadira golpeó el agua con el puño y se irguió malhumorada de la bañera dejando caer el agua tibia por su cuerpo, que brillaba bajo el danzante baile de las llamas de las velas. Se echó una bata de fina seda negra sobre el cuerpo que, si bien la cubría por completo, era lo bastante fina como para dejar entrever lo que había debajo; así ataviada salió de su aposento en dirección a los calabozos. Necesitaba saberlo, necesitaba oírselo decir. Sus pies descalzos resonaron en la lóbrega piedra de la escalinata, con un gesto ordenó al soldado que estaba de guardia que se marchara y los dejara a solas, éste le tendió la llave y se alejó de allí sin hacer preguntas. Yadira hizo girar la llave en la cerradura y la puerta se abrió con un desagradable chirrido. Davor estaba allí, con los brazos en alto firmemente sujetos por argollas que colgaban del techo, le había quitado la armadura y ahora tan solo llevaba los calzones de cuero negro y las botas, su torso estaba totalmente desnudo y dejaba ver varias heridas del arma de Yadira. La mujer tuvo que hacer un esfuerzo para no correr a liberarlo, se encaró con él haciendo gala de su gesto más indiferente, aunque él sabía que el fuego ardía en su interior.

4. Mirando a través del escaparate vio a Marisa cruzar la acera en dirección a ella y pensó, por un momento, que no estaría mal que un coche pasara por encima de ella, dejándole el camino libre con Raúl. A pesar de lo que habían hablado en el hospital el joven y ella, no estaba nada convencida con lo que él le dijo, y quería a toda costa acabar a su lado, si cabe, ahora más que nunca. Y ya no pensaba ser ella la que siempre sufriera. Durante el tiempo que había estado en cama, se había dado cuenta de que nadie mostraba sinceridad al hablar con ella en el hospital, sólo sus padres. Ni las vecinas, ni las compañeras del instituto que la conocían de toda la vida. Nadie. Todos la miraban como a un bicho raro, una incomprendida, algo inferior, enfermo, despreciable, y pensó, por una vez, en su felicidad, y no en lo que pudieran pensar los demás al verla hacer las cosas. La chica tímida y vergonzosa se había transformado en la chica fría y egoísta.